Se llaman a sí mismos hach winik, «los hombres verdaderos». Son menos de mil personas repartidas en tres poblados de la selva de Chiapas, llevan túnica blanca y el pelo largo, y son la imagen que todo el mundo asocia a la Selva Lacandona. Casi nada de lo que se cuenta de ellos por ahí es exacto, empezando por el nombre.

El nombre es de otros
«Lacandón» no es una palabra suya. Viene del ch’ol Lacam-Tun, «gran peñón», que era el nombre de una isla del lago Miramar donde resistía un grupo maya de habla ch’ol. Los españoles llamaron a sus habitantes «los del acantún», luego lacantunes, luego lacandones.
Aquel pueblo fue perseguido durante casi dos siglos y sometido definitivamente en 1695, cuando las tropas llegadas a la vez de Chiapas y de Guatemala tomaron su último reducto. Después desapareció como tal.
Los hach winik de hoy no descienden de ellos. Vienen de la península de Yucatán y del Petén guatemalteco, y fueron entrando en esta selva en oleadas, precisamente para no ser alcanzados por lo mismo que había acabado con los otros. Heredaron el territorio y, de propina, el nombre del pueblo al que sustituyeron.
Tampoco son, como se repite tanto, los descendientes directos de quienes construyeron Palenque. Son mayas, sí, pero llegaron después. Su mérito es otro y es bastante mayor: aguantaron fuera del alcance de la colonia hasta el siglo XX.
Menos de mil personas, tres poblados
Las cuentas bailan según quién cuente, entre quinientas y mil personas. Viven en tres sitios: Nahá y Metzabok al norte, junto a sus lagunas, y Lacanjá Chansayab al sur, al lado de Bonampak. Los del norte y los del sur hablan variantes distintas de la misma lengua, el maya lacandón, que es pariente cercano del maya yucateco.
La túnica blanca de manta, el xikul, y el pelo largo en hombres y mujeres son reales, no un disfraz para la foto. Lo que ya no es tan cierto es la postal completa: en Lacanjá se lleva la túnica y también botas de agua, y hay antenas de televisión y camionetas. Las dos cosas conviven sin ningún drama, salvo para el visitante que esperaba otra cosa.
Los dioses de barro y el hombre que aguantó ochenta años
La religión tradicional se practicaba con incensarios de barro con rostro, uno por cada dios, que se alimentaban con copal y con ofrendas. Las ruinas mayas no eran ruinas para ellos: a Yaxchilán se peregrinaba, porque allí seguían viviendo los dioses.
Quien sostuvo todo eso hasta el final fue Chan K’in Viejo, guía espiritual de Nahá durante unos ochenta años. Murió el 23 de diciembre de 1996, y ni sobre su edad hay acuerdo: se han dado cifras entre 96 y 104 años. Tuvo varias esposas y una descendencia numerosa, y a la vez fue el interlocutor de los antropólogos que llegaron a estudiar a su pueblo. Sabía perfectamente lo que estaba pasando: repetía que la selva se acababa y que después vendría el fin.
Aquí va el dato que no aparece en los folletos. La mayoría de los lacandones son hoy evangélicos. Las misiones protestantes entraron a mediados del siglo XX y la religión antigua quedó reducida a un puñado de familias, casi todas en Nahá. El pueblo que se vende como el último reducto de la religión maya la dejó de practicar hace dos generaciones.
La selva: lo que queda
La Selva Lacandona fue el mayor bosque tropical húmedo de México y desde los años cincuenta ha perdido buena parte de su extensión, talada para ganado y para reasentar campesinos de otras zonas. Lo que se conserva de verdad es el núcleo protegido: la Reserva de la Biosfera de Montes Azules, decretada en 1978, con 331.200 hectáreas.
Y ahí está la cifra que lo explica todo: esa reserva concentra cerca del 20% de la biodiversidad de México en el 0,16% de su territorio. Es decir, una quinta parte de todo lo que vive en el país cabe en un pedazo de selva que no llega a dos milésimas del mapa.
En 1971 el gobierno tituló más de seiscientas mil hectáreas de esta selva a favor de 66 jefes de familia lacandones. Un pueblo de unos cientos de personas se convirtió, de un día para otro, en propietario legal de un territorio donde ya vivían miles de tzeltales y ch’oles. El conflicto que nació de aquella firma sigue abierto.
Lo que todavía vive ahí
Montes Azules tiene más de 340 especies de aves y 116 de mamíferos. Entre ellas, las que todo viajero quiere ver y casi nunca ve: el jaguar, el tapir centroamericano, el ocelote y el puma.
La que sí se ve, y es un caso de recuperación real, es la guacamaya roja: esta selva guarda la última población silvestre de México. Y arriba, en el dosel, monos saraguatos, monos araña, tucanes y la mariposa Morpho, azul metálico, que cruza el sendero cuando entra el sol.
Bonampak, y el guía que llevó al fotógrafo
Los murales de Bonampak, el mejor conjunto pictórico maya que se conserva, estuvieron perdidos hasta 1946. Quien llevó hasta ellos al fotógrafo Giles Healey fue Chan Bor, un lacandón que se movía por esa selva como por su casa.
Conviene recordarlo cuando se habla de los lacandones como si fueran un objeto de museo. El descubrimiento arqueológico más importante de la zona lo hizo posible uno de ellos, y en los créditos suele aparecer el otro nombre.
Cómo se visita, y con quién
Bonampak está dentro de la Comunidad Lacandona y el acceso lo controla ella: el coche se deja en el desvío y el último tramo se hace en vehículo de la comunidad, con guías lacandones. Yaxchilán se alcanza en lancha por el Usumacinta desde Frontera Corozal, con la selva guatemalteca en la otra orilla.
Desde Palenque son unas tres horas de carretera hasta esta zona, así que es un día entero, salga temprano. En Lacanjá Chansayab hay cabañas de la propia comunidad para quien prefiera dormir allí y no hacer los dos trayectos el mismo día.
Una advertencia que vale más que cualquier consejo: a las personas se les pregunta antes de fotografiarlas. Aquí la imagen de uno mismo tiene dueño, y es él.
¿Quiénes son los lacandones?
Un pueblo maya de la selva de Chiapas que se autodenomina hach winik, «hombres verdaderos». Son entre 500 y 1.000 personas repartidas en Nahá, Metzabok y Lacanjá Chansayab, y hablan maya lacandón, emparentado con el maya yucateco.
¿De dónde viene el nombre «lacandón»?
Del ch’ol Lacam-Tun, «gran peñón», nombre de una isla del lago Miramar habitada por un grupo maya de habla ch’ol que los españoles sometieron en 1695. Los hach winik actuales, llegados de Yucatán y del Petén, heredaron ese nombre aunque no eran ese pueblo.
¿Descienden de los constructores de Palenque?
No de forma directa. Son mayas, pero proceden de la península de Yucatán y del Petén guatemalteco, y entraron en la selva de Chiapas en migraciones posteriores a la conquista española.
¿Qué es la Reserva de la Biosfera Montes Azules?
El núcleo protegido de la Selva Lacandona, decretado en 1978, con 331.200 hectáreas. Concentra cerca del 20% de la biodiversidad de México en el 0,16% del territorio nacional, con más de 340 especies de aves y 116 de mamíferos.
¿Se puede visitar a los lacandones?
Sí. El acceso a Bonampak lo gestiona la Comunidad Lacandona, con guías propios, y en Lacanjá Chansayab hay alojamiento comunitario. Fotografiar a las personas requiere pedirles permiso antes.
Escrito por el equipo de Tierras Mayas en destino: guías, arqueólogos y naturalistas.
Lo esencial
📍 Dónde están
Selva Lacandona, estado de Chiapas. Nahá y Metzabok al norte; Lacanjá Chansayab al sur, junto a Bonampak.
🏛️ Quiénes son
Los hach winik, «hombres verdaderos». Entre 500 y 1.000 personas. Hablan maya lacandón y proceden de Yucatán y del Petén guatemalteco, no de los constructores de Palenque.
⭐ Dato clave
La Reserva de la Biosfera Montes Azules, creada en 1978 con 331.200 hectáreas, reúne cerca del 20% de la biodiversidad de México en el 0,16% de su territorio.
🌎 Cómo se visita
Bonampak y Lacanjá se visitan con la Comunidad Lacandona, que controla el acceso y pone los guías. Yaxchilán, en lancha por el Usumacinta desde Frontera Corozal.
En pocas palabras
Los lacandones son menos de mil personas que llegaron a esta selva huyendo de la conquista y heredaron el nombre de otro pueblo maya. Viven junto a la reserva de Montes Azules, que concentra la quinta parte de la biodiversidad de México.

