Las Haciendas del Yucatán y el negocio del oro verde

En medio del campo yucateco nos encontramos parcelas de tierra que abarcan terrenos gigantescos, con unas casonas lujosas e incluso con sus propios sistemas de transporte, en tren o carretas sobre raíles. Son las famosas Haciendas, microciudades que llevaron la riqueza al Yucatán. Pero no es oro todo lo que reluce, el beneficio de unos pocos fue el sacrificio de muchos.

Las antiguas haciendas yucatecas, surgieron por impulso de las familias que desde la época de la colonia ya poseían propiedades territoriales, por la participación de sus herederos y por los nuevos grupos ricos que se habían desarrollado en el comercio. Antes del porfiriato existían empresas de agricultura y ganado (siendo este último donde se concentraba la mayor inversión) con construcciones modestas en tamaño e infraestructuras.

En la época de la colonia los españoles establecieron las haciendas, lugares donde sembrar el maíz y cuidar el ganado. Fue durante la segunda mitad del siglo XIX que las haciendas se empezaron a declinar por el cultivo de henequén, el llamado “oro verde”, que trajo la riqueza y representó la base de la economía del Yucatán durante más de 100 años.

El henequén es una variante del cactus de agave del que se pueden obtener fibras muy resistentes, ideales para elaborar sogas, cuerdas y cordeles. Dentro de las mismas haciendas tenían una casa de máquinas donde se dedicaban a deshilachar las hojas y transformarlas en producto listo para ser exportado, sobre todo a América.

Mérida fue el epicentro del progreso y la riqueza. Los propietarios de las haciendas vendían su producción henequenera en el mercado norteamericano, por valor de unos 20 millones de pesos. La mayoría de los hacendados, residentes en Mérida, se trasladaban por temporadas con sus familias a sus propiedades que antes funcionaban como casas de campo.

Los hacendados viajaban frecuentemente a Europa donde se estaba viviendo un proceso de impulso de la propiedad individual. Los hijos estudiaron en el extranjero, siendo esta segunda generación de hacendados quienes «civilizarían» a la manera europea su propia tierra, que 50 años atrás estuvo amenazada por los mayas sublevados durante la Guerra de Castas. La cultura y el mundo de ideas adoptados por los hacendados fueron la de la civilización europea, en especial la francesa.

A parte de la gran demanda de las fibras henequeneras, la mayor riqueza de las familias hacendadas vino de la explotación del trabajo humano, así como en la gran habilidad para controlar las diversas situaciones económicas y sociales que suscitaban en sus propiedades.

La población trabajadora estuvo de manera permanente al servicio de las haciendas y se procuraba que contrajeran deudas, las cuales fueran un sacrificio de su libertad para el resto de sus días. Este régimen de deudas y servidumbre perduró hasta 1914. Los campesinos avecindados en las haciendas no tenían libertad de trabajo. Los sirvientes no eran esclavos, conservaban ciertos derechos civiles; tampoco eran libres, pues estaban arraigados y obligados a prestar servicio sin su voluntad. Sus derechos políticos eran ficticios, no podían separarse de la hacienda, eran reintegrados por la autoridad. El salario no era estipulado por ellos, a cambio de casa y parcela se les exigía una jornada semanal de trabajo sin remuneración.

Había escasez de braceros, así que los hacendados trajeron a Yucatán, a un alto costo, millares de trabajadores contratados en China, Corea y las Islas Canarias. En las haciendas cuando el dueño no estaba la autoridad quedaba en manos del mayordomo. Se azotaba a los peones si salían de la propiedad sin su permiso. Los peones se endeudaban y nunca recibían dinero, se encontraban medio muertos de hambre y trabajaban casi hasta morir.

Durante los años 1940’s, se inventaron las fibras sintéticas y la industria del henequén cayó. Los dueños de las haciendas, sin el poder económico, las abandonaron y se deterioraron. Quedaron olvidadas hasta principios de los 1990’s cuando despertaron el interés de inversionistas y empresarios. A día de hoy muchas haciendas han sido renovadas en hoteles lujosos con cuartos elegantes, con piscinas y magníficas tierras. Otras son museos o están ocupadas por gente local, cuyos ancestros las reclamaron durante la Revolución Mexicana. Muchas otras siguen abandonadas con historias terroríficas que erizan la piel.

Es indudable que las haciendas son un símbolo de esta tierra mexicana, han servido de inspiración en la arquitectura de las casas de Yucatán y su diseño interior.